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Jornadas 2014: ¡Quiero lío! (en Santander)

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@JoseLuRmesonero: Hace unos fines de semana (del 14 al 16 de marzo) se celebraron las Jornadas de Jóvenes de la diócesis de Santander, evento que se viene celebrando ya desde hace tiempo por estas fechas. Para un servidor, que lleva acudiendo a ellas cinco años consecutivos, estas han sido realmente especiales, tanto por la búsqueda del cumplimiento práctico de las palabras del Papa en Río (que dan título a este artículo) como por mis propias nuevas “responsabilidades”. Pero, antes de nada ¿qué son las “Jornadas”?

Foto jornadas de jóvenesComo ya he resumido en la introducción, las Jornadas de Jóvenes son un evento que intenta reunir a un gran número de jóvenes católicos mayores de 14 años de toda la diócesis de Santander (Cantabria y el Valle de Mena, en Burgos) durante todo un fin de semana, en búsqueda de una mayor fraternidad entre todos ellos y de una formación en la fe de forma divertida. Siempre tienen lugar en el seminario diocesano de Monte Corbán, por lo cual suelen ser conocidas popularmente como “Corbán”. Pero este año ha habido tres novedades destacables: en primer lugar, se ha querido salir del nuestro propio y cómodo entorno, como nos pidió el Santo Padre en verano, por lo que gran parte de las actividades se han desarrollado fuera del seminario, buscando el contacto con todos. En segundo lugar, se ha dividido a los jóvenes en dos grupos para participar así en talleres muy distintos; el de “sensibilización”, para la mayoría, que se encontraba entre los 14 y 17 años de edad y que no tenían mucha experiencia, y el de “profundización”, dirigido a un grupo más reducido y de mayor edad y madurez. Por último, a lo largo de todo este curso, la pastoral de juventud diocesana ha ido buscando cierto “relevo generacional”, por lo que un grupo de jóvenes de entre 18 y 22 años hemos tomado ciertas responsabilidades como “animadores” (monitores) en esta convivencia, amén de participar en las reuniones de preparación.

Mis jornadas comenzaron el viernes por la tarde, un par de horas antes de que llegara la mayor parte de la gente, ya que los animadores tuvimos que estar atentos a colocar ciertas cosas. Más tarde, con la llegada del mogollón con sus respectivos monitores según de qué parroquia provinieran (yo mismo era “tutor” de tres chicas quinceañeras de Laredo) nos hicimos fotos, colocamos nuestros bártulos (se duerme con sacos) y cenamos de bocadillo. Más tarde, tuvimos un emocionante juego de terror basado en la saga “Saw” y finalmente, nos fuimos a dormir. Ya en el sábado, se dividió a los chavales en los dos grupos, teniendo por la mañana los de profundización una serie de “debates” sobre cuestiones de fe y los de sensibilización talleres formativos, pero desde esa perspectiva más lúdica. Yo mismo dirigí uno de esos talleres y puedo decir que los chavales aprendieron y dieron su opinión, pero sobretodo disfrutaron. Tras comer, los animadores más jóvenes nos unimos al resto del grupo de profundización para ir de visita a centros de caridad repartidos por la ciudad. Yo en concreto fui con 7 compañeros a la obra San Martín, residencia y centro de formación para personas con graves disfunciones psíquicas. Tras la vuelta al seminario y la cena, tuvimos una extensa pero genial oración, dirigida por el obispo y con testimonios, posibilidad de confesión (muchos acudimos al sacramento) y adoración eucarística. Terminado esto, tuvimos mucho tiempo para más juegos y finalmente, para la discoteca, pinchando un conocido dj santanderino, participante habitual en actividades juveniles diocesanas.

El domingo pasamos la mañana por el centro de la ciudad, organizando un espectáculo callejero con el objetivo de llamar la atención de los “alejados” (y puedo decir que tuvo bastante éxito). Finalmente, tuvimos misa en la catedral, comimos en su mismo claustro y marchamos cada uno para nuestra casa, con cierta tristeza por dejar a nuestros amigos y volver al “mundo real” pero con la tremenda felicidad del finde compartido con los demás y con Jesús. Gracias de corazón a todos los que acudisteis.

PD: si alguien está interesado en ver las fotos tomadas durante estos días, que entre en nuestra página en Facebook. Aunque no nos conozcas, míralas, son geniales!

José Luis Rodríguez Mesonero (Colindres, 1995) es estudiante de Historia en la Universidad de Cantabria y colaborador habitual en la pastoral de juventud de su diócesis

Un año del Papa Francisco

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@jjaldogomez: Seguimos avanzando por nuestra Cuaresma, esa puerta abierta a la esperanza de la que te hablaba, mi querido amigo lector, en las veinte líneas del otro día, que en esta ocasión se extienden un poco más, pero la ocasión lo merece; y es que durante este camino de conversión, oración y encuentro con Dios, mientras esperamos la Resurrección de Cristo al mundo, a la vida y a nosotros mismos, quiero detenerme hoy en un aniversario.

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Hace una semana estábamos recordando el primer aniversario del inicio del pontificado del Papa Francisco, ese Papa que llegó del fin del mundo, como él mismo lo describió en sus primeras palabras desde el balcón de San Pedro. Ciertamente da igual el lugar, pero no deja de ser curioso remarcar ese dato. Nuestra sociedad se siente primer mundo pese a la crisis y los problemas económicos y sociales. Nunca se pone en el final de la cola, en los últimos puestos, al contrario quiere sentirse primera. Durante este año, el Papa Francisco nos ha enseñado la importancia de sabernos últimos en muchas ocasiones. Detrás, sirviendo, entregándonos, amando… Es desde ahí desde donde se alcanza la meta, aunque vengas desde atrás, incluso desde el fin del mundo.

Resumir en esta pequeña columna todo lo que ha supuesto para la Iglesia este año es prácticamente imposible. Me quedo con la anterior idea, pero no me resisto a subrayar tres puntos de su pontificado, tres momentos que me marcaron, aunque hay otros muchos. Sus palabras ante la “vergüenza” en Lampedusa, donde el mundo permaneció casi como si no fuera con él ante aquella terrible tragedia de hermanos nuestros; su lucha por la paz en el conflicto sirio, siendo uno de los baluartes que frenó aquella guerra que muchos ya daban como hecha; y la reforma de la Curia, poniendo orden dentro de la propia Iglesia, porque, no lo olvidemos, aunque inspirada y movida por el Espíritu Santo, la Iglesia, sí esa que eres tú y soy yo y no sólo los obispos y los “curas”, está formada por hombres y los hombres muchas veces nos equivocamos.

Recemos por el Santo Padre. Encomendémoslo en nuestras oraciones y que Dios lo siga guiando en su importantísima labor al frente de nuestra Iglesia, como servidor y ejemplo de todos los católicos.

Los ancianos deben importar más en la sociedad

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@JUAN_RUBIO_VN, director de Vida Nueva | No debemos esconder la realidad cuando afloran los buenos deseos en los arranques del año. Está ahí; nos llama e interpela con el color de su crudeza. El Correo publicaba hace unos días la noticia del hallazgo del cadáver de una anciana de 69 años que había muerto hacía dos años. Nadie la echó de menos, ni sus dos hijos.

Los vecinos creyeron que estaba en una residencia. La Justicia tendrá que aplicar el artículo 226 de Código Penal. Noticias como esta nos hablan de la costra de indiferencia que se extiende en nuestro mundo como una plaga.

Y lo curioso es que ocurra en la era digital, este momento histórico en el que, al instante, sabemos lo que pasa en las antípodas del mundo, aunque desconozcamos la miseria de la casa del vecino. Una sociedad de patinadores que se deslizan en la superficie sin profundizar; una sociedad líquida y de espuma en la que no importa lo sólido; una sociedad de la imagen que esconde lo decrépito a favor de la belleza convulsa.

Sobre el tapete informativo, una vez más, y no la única, vemos la situación de la vejez, la ancianidad, los años en los que el cuerpo se gasta y los ojos brillan de forma especial, rasgando más lejanías que cercanías. Ahí están, doblados, pero no rotos; cansados, pero no agotados; serios, pero no tristes; viéndolas venir, viéndolas llegar y viéndolas pasar.1425292_52272998

Esa es la sabiduría de a quienes, en la vida, todo se les escapa entre los dedos y gastan el tiempo, su único y querido amigo, contemplando correr raudas las manecillas del reloj.

Mi admirado François Mauriac solía pensar mucho en la vejez. “Un viejo solo existe por lo que posee. Desde el momento en que no posee nada, se le arrumba con la basura. A esta edad avanzada solo se puede escoger entre el asilo y la fortuna”. Así de duro hablaba el escritor francés, a quien he recordado al leer la noticia.

En la Iglesia son los ancianos quienes llenan nuestros templos, hacen labores que los sacerdotes no pueden y acuden a todas las actividades. Cuando se habla con mordacidad de iglesias solo llenas de mujeres y viejos, me pregunto qué pasaría si ellos dejaran de asistir a las celebraciones eucarísticas.

El horror al templo vacío se impone conforme los ancianos se marchan y no hay quienes los sustituyan. Y pasa en el clero, con una elevada media de edad. Y también en las comunidades religiosas, con muchas vidas consagradas y gastadas en la evangelización.

Mientras el mundo de la publicidad y el márketing nos acercan un canon de belleza específico que se va metiendo en la opinión pública, la vejez se arrincona, se aísla y silencia. “Un pueblo que no cuida a sus jóvenes y a sus ancianos, no tiene futuro”, decía el papa Francisco no hace mucho.

En las sociedades africanas, el anciano es venerado, como lo es en las orientales e, incluso, en muchos países de América Latina, allá donde la globalización no ha cubierto con su manto todo.

El texto fue escrito para la Revista Vida nueva, con la autorización pertinente de su autor.
http://www.vidanueva.es/2014/01/09/los-ancianos-deben-importar-mas-en-la-sociedad-juan-rubio/
 

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